Ellos, oriundos de Minas Gerais (Brasil), desde hace tiempo viven en Londres y, conversando acerca de mis intenciones de ganar algo de dinero para poder seguir viajando, insisten en que ese es el lugar que no debo dejar de visitar, aduciendo que están en condiciones de brindarme su ayuda para poder emplearme en alguna actividad, y el hecho de contar ya con una invitación segura en cuanto a dónde alojarme. Francamente, debo admitir que la tentación es mucha ...
Viajar es buscar tu identidad por contraste
Un reencuentro con Amigos ..
Krabi Town se presenta como un pequeño paraíso para los escaladores, donde formaciones geológicas muy particulares brindan además, un efecto paisajístico increíble.
Inmensos bloques ígneos se elevan por más de 100 metros de altura, tanto desde la tierra como en el agua, cubiertos por una profusa vegetación selvática y con una fisonomía especial. Este relieve, llamado kárstico, se origina a causa del proceso de meteorización química de determinadas rocas (como la caliza y el yeso), que están compuestas por minerales solubles en agua las cuales, tanto superficiales como subterráneas, van disolviendo las rocas y creando galerías y cuevas que, ya sea por hundimiento de tipo parcial o total, van formando dolinas, cañones, cuevas, estalactitas, estalagmitas, etc.
El paisaje estaba ahí, al alcance de la mano, pero el hecho de dedicarme a la escalada con temperaturas que llegaban a oscilar los 40 grados no era algo que me entusiasmara demasiado, así que opté por disfrutar del lugar, pero de una manera más apacible y convencional. Decidí recorrer a pie cada rincón de este pequeño poblado hasta que, habiéndolo descubierto en su totalidad, me dediqué a visitar algunas de las playas cercanas (el verdadero motivo de mi estadía allí).
De vuelta a la civilización.....
Y también pesaban los sentimientos. Y cómo no deberían de hacerlo si aquí había comenzado todo: en éstas tierras hice mi debut puertas afuera, dando los primeros pasos de una aventura que ya había modificado su itinerario en reiteradas oportunidades, dejándose enredar entre comentarios y recomendaciones de viajeros, que delineaban mi camino al ir marchando.
Buscándome a mí mismo …
Ese había sido desde el comienzo el objetivo primordial del viaje. Por supuesto que conocer la India había sido siempre un sueño, y creía firmemente en poder encontrar allí un sinfín de respuestas, pero la realidad de un país tan contrastante logró superar ampliamente no sólo mi capacidad de asombro, sino también mi posibilidad de reacción ante cada acontecimiento que ponía a prueba mi paciencia. Ya no disfrutaba como hubiese querido hacerlo, y decidí preservar todo eso que había ganado en las últimas semanas en ese país, llevándomelo como recuerdo, sin exponerlo a nuevos sinsabores que enturbiaran lo que había vivido. Así tomé la decisión de partir rumbo a Malasia, modificando de raíz un itinerario previsto desde hace meses, y dejando como materia pendiente el recorrer toda la porción sur del sub-continente indio.
Entre monasterios y monjes budistas …
Seguía siendo India, o al menos los mapas así lo aseguraban. Pero en el aire había algo diferente, distinto. Esa atmósfera especial que genera la idiosincrasia budista se respiraba por doquier. Monasterios, banderas de oración desplegadas al viento, monjes, y cantos llenos de devoción empapaban el alma con una paz y armonía dignas de los mejores libros de cuentos.
Nuevamente, rumbo a los Himalayas ….
El primer destino fue Darjeeling, en West Bengal. Una ciudad grande, ruidosa, “colgada” prácticamente de la montaña, y famosa a nivel mundial por sus excelentes plantaciones de té. Pero mi búsqueda iba a ser otra. Llegaba hasta aquí con la expectativa puesta en poder observar el Kanchendzonga, la tercer montaña más alta del planeta. Aunque en la temporada correcta, la naturaleza dicta sus propias reglas, y una constante e implacable nube lo cubrió todo durante los 4 días que permanecí en este lugar, impidiéndome concretar ese objetivo, pero regalándome otros inimaginables mágicos momentos.
Jaipur, la Ciudad Rosa.
Demostrado quedó que no puedo con mi genio, sobre todo, si
me agarran desprevenido. Así fue en el tren, camino a Jaipur, durante un viaje
nocturno. Para que un chico no quedara separado de la familia accedí a
cambiarle mi litera, siendo el resultado previsible: casi no dormí. La cama en
suerte me tocó paralela al pasillo (al lado del ir y venir de la gente),
resultó ser más corta que el resto y las 2 ventanas no se cerraban con firmeza,
así que el frío se hizo sentir durante todo el viaje. Amanecido antes de
amanecer, así arribé a Jaipur, la más grande de las ciudades de este estado, y también
la más polucionada, ruidosa y súper poblada. Lo sabía, pero esperaba que su
centro histórico y edificios importantes contrastaran con el resto. No fue tan
así.
Visitando el Templo de las ratas
Sentado en el piso de la estación de trenes me encuentro,
mientras un tumulto de gente a mi alrededor sigue con los modelos a los cuales
(a pesar del tiempo), no logro acostumbrarme: niños pidiendo dinero; un chico
semi desnutrido se arrastra por el piso suplicando una limosna; otro que
arregla bolsos vuelve a la carga por un pequeño parche en mi mochila, sin
hacerse eco de mi firme y ya no tan amigable negativa; una mujer intenta levantarse
del piso luego de haber sido embestida por un carro que transporta mercaderías,
etc. Todo sucede en este andén como, al mismo tiempo, en muchos otros andenes
de esta inexplicable India.
Jodhpur, la Ciudad Azul, y un casamiento hindú ..
Arena, camellos y otras hierbas…
Cuando, organizando el viaje, pensé en hacer un safari en
camello, se me ocurrieron obviedades tales como: desierto, calor, médanos,
dolor de huevos, olor a camello, etc.; ahora, lo que jamás se me había
ocurrido, es que pudiera llegar a resultar en una experiencia tan divertida!
Montados en el jeep, todos medios apretados y con las provisiones metidas en la
entrepierna, fuimos dejando atrás la ciudad. El grupo estaba formado por nosotros (Fabrize, Laura, Sam y yo), y otras 4 personas que se nos sumaron
al momento de comenzar y de las cuales, increíblemente, dos eran también
argentinas.
De visita por el Bhang Shop
Este viaje se presentó ante mí, desde el primer momento,
como una gran experiencia de liberación, de encuentro; la chance para poder
disfrutar sin más condicionamientos que mis propias ganas, dejando atrás cualquier
tipo de limitación que pudiera coartarme. Lo “socialmente correcto” sería un detalle sin
relevancia, dando lugar a experimentar situaciones y vivencias que, muchas
veces por pudor o condicionamientos del entorno, uno deja pasar, pero que internamente
despiertan curiosidad. La ventaja? Conocerme realmente muy bien en ciertos
aspectos, sabiendo que todo aquello que pudiera hacer sería tan sólo por
diversión, y formando parte del “folclore” del viaje que realizaba.
Jaisalmer: la Ciudad Dorada.
En cualquier guía turística, el Raj es sinónimo de desierto
y camellos; de hombres de turbante con largos y llamativos bigotes; de mujeres
ricamente vestidas con saris de los más hermosos colores; de fortalezas sacadas
de libros de cuentos, y de un sol
radiante que todo lo baña. Pero para mí, el Raj representó mucho más. Significó una aventura a lomo de
camello por el desierto, rodeado de gente increíble; un amanecer recostado
sobre prístinas dunas de arena; significó la paz de las callejuelas del viejo
fuerte; también un atardecer contemplado desde la torre de la amplia muralla,
recostado sobre un viejo cañón, con un mar de arena como telón de fondo. Significó
armonía, paz, tranquilidad. Por todo esto, este lugar tan especial significó también un encuentro conmigo mismo.
Mount Abu: una luna de miel perfecta
Atrás quedaba Udaipur, pero cualquier sensación de nostalgia
fue dejada de lado ya que había encontrado un par de compañeros de viaje
geniales (Fabrize y Laura), con quienes me disponía a seguir avanzando. No tenía
un mapa trazado, así que me dispuse a seguirlos, y así fue que apareció en mi
itinerario el próximo destino: Mount Abu.
Banswara: un regalo especial.
Se trataba de mi último día en
Udaipur, y me llenaba de una expectativa especial, ya que el dueño del hostel,
y a través de la Oficina de Turismo de la Ciudad, nos había invitado a los
franceses y a mí a participar de un día de excursión: traslados, actividades y
almuerzo incluidos, totalmente gratuitos. Y para ser sincero creo que la
ansiedad se daba al pensar que se trataba de la primera vez (y que recuerde, la
única) en que, en India, íbamos a recibir algo que no implicaba algún tipo de
engaño y puesta de dinero posterior, como por lo general ocurre. Pero tampoco
estábamos seguros, por lo que íbamos preparados para lo que pudiera suceder. Y
aún a pesar de nuestro escepticismo, el día nos sorprendió gratamente.
Nuevos amigos, y un sin fin de buenos momentos compartidos...
Imaginemos: edificios con siglos de antigüedad; estrechas calles en desniveles; pasadizos; un hermoso lago en cuyo centro se alza imponente un majestuoso Hotel, otrora Palacio, alumbrado por farolas; el actual City Palace (residencia del Maharajá), con sus altas murallas resplandeciendo en la luz mortecina del alba; contornos montañosos que se insinúan en el horizonte; el silencio del amanecer y de una población que todavía descansa, y un sol que juega a aparecer, cubriendo todo con sutiles rayos dorados.... Esa fue la primera impresión que tuve de Udaipur, "La Ciudad Rosa".
Lugares sagrados, y una espiritualidad puesta a prueba...
Confiado ya en mí experiencia
ferroviaria en tierras indias, y con la tranquilidad que poseer un boleto de
viajes confiere, me dispuse a descansar mientras me dejaba llevar hacia el
desierto del Tar. Más precisamente, hacia su ciudad más grande: Jaipur. Pero
horas de sueño atrasado y un vagón con escasas luces, me jugaron una mala
pasada que terminó convirtiéndose en una formidable nueva vivencia.
Los "Sijs", y su fabuloso Golden Temple.
Muchos eran los caminos a seguir, y a partir de ahora de manera solitaria. Debía escoger, y el norte fue la elección. El Templo Dorado llamaba poderosamente mi atención, y así fue que después de mucho andar, arribé a Amritsar, una ciudad ubicada a tan sólo 26kms del límite con Pakistán, y el lugar de peregrinación más importante de la comunidad Sijs, otra de las muchas religiones del subcontinente indio.
Kama Sutra, Medio Evo, y una despedida...
Varanasi, el Gánges, y la Vida que da un giro...

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