Estaba nuevamente solo, y me sentí desprotegido. Una sensación
de vulnerabilidad me invadió por completo, a tal punto que permanecí largo rato
en el puerto sin saber qué hacer. Triste, solo, malhumorado y bajo la lluvia. No,
definitivamente no era un buen día para mí.
Debía moverme, aunque recién llegado a la ciudad no sabía
bien hacia donde. La situación rememoraba aquellos últimos días en India,
cuando en el Rajasthán ya nada toleraba, y no quería que nadie se me acerque. Mapa
en mano, comencé a caminar con mi mochila a cuestas intentando encontrar algún
lugar donde alojarme y, de paso, sacudirme la rabia con el esfuerzo. Y si bien
mucho no sirvió como terapia, al menos fue útil para encontrar donde pasar la
noche: un lugar sencillo y barato aunque caluroso por demás, y con un olor a
fritura que se había impregnado hacía tiempo en las paredes, seguramente debido
a la presencia de un pequeño restaurante justo debajo de mi ventana. No era precisamente
la mejor alternativa de la ciudad, pero me servía para recluirme, y con eso me
bastaba.